miércoles, 21 de octubre de 2009

La casa de la playa

Apenas llevo minutos frente a la costa de mi Salinas y los verde azules de su bello mar me hipnotizan en su vaivén. Solo aquel que nunca ha vivido cerca del mar puede darle la espalda pues no le conoce.
Hace años disfrutaba de sus espumosas olas cuando me iba a escondidas a nadar. Hoy a mis cuarenta años solo me queda el recuerdo de aquella infancia sana, aunque muy pobre. El sonido de las olas al llegar a la orilla me invita a zambullirme como si aun reconocieran mi rostro, pero eso ya no es posible.
Me posiciono lo más cerca que puedo del agua, pero no me toca. Los palmares se han disminuido. Las pocas palmas se ven mustias y llorosas.

Pero por fin he vuelto a la casa de la playa, de pilotes fuertes pero azotados por el mar. El piso apenas existe y la madera roída de las paredes casi no puede sostener el techo de zinc.

Han pasado apenas veinte años desde que me fui, pero aun puedo rememorar los mejores momentos de mi infancia y juventud. Ya no tolero bien el sol y me resguardo en el baúl de mi auto. Me parece estar en una isla desierta. En horas solo he visto pasar a dos niños en bicicleta y los aleluyas en su culto dominical en el parque infantil recién construido.

Las nubes hacían que los tonos de luz cambiaran constantemente y su efecto en el agua era inevitable. La turbulencia del agua fue disminuyendo mientras pasaba el tiempo. Me aventuré a entrar a la casa para intentar rememorar su hermosura de mediados del siglo pasado. Me detuve en el balcón sorprendido de encontrar el número 16 que identificaba la casa para la repartición del correo, y reviví aquella escena cuando apenas con cinco años la abuela me dejó recibir a Don Felipe el cartero, mientras ella le conseguía una taza de café. Que triste estaría la abuela de que la casa no se hubiera conservado. La sala principal enorme con un juego en caoba y pajilla, sofá, butaca y mecedora, de la que me caí varias veces por mecerme muy fuerte.

Amo y añoro esos años tan felices de mi niñez donde las preocupaciones no pasaban del baño dominical, más bien estrujones, para regresar limpios el lunes a la escuela. Pero cuanto daría por estar viviendo esa etapa nuevamente.
Un falso olor a café y hierbabuena me llevaron hacia la cocina en la parte posterior de la casa. Sin darme cuenta en un segundo recorrí la casa hasta el final. Pude ver a mi madre preparando el desayuno y al abuelo y papá preparándose para ir a trabajar.
Mi vida si que era hermosa. ¿En que momento se habría trastocado para cambiar mi existir?

El sonido del mar me trajo a la realidad. La cocina destartalada con su estufa de gas corroída por el moho y salitre, cubierta de telarañas y polvo, la nevera sin puerta, que desilusión.
Ahora me pregunto porque mi cuarto estaba entre la sala y el comedor y no al final del pasillo del mismo lado que todos los otros cuartos. Cuantas maldades y momentos felices me trajo entrar en aquella habitación. Mis ojos se humedecieron. Recordé que la abuela decía que lo que es del mar al mar regresa. Y aquí esta Francisco Sánchez Girón “El Pollo” regresando a sus raíces. Inevitable.


Amaury Enrique González Rolón
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