Tengo 76 años y mi vida ha transcurrido entre las madrugadas de los cañaverales y los atardeceres camino a la montaña. He sido muy trabajador y responsable, pero por lo que seré recordado es por el inmenso don de palabra en los momentos de dolor de mis amigos y vecinos y hasta de desconocidos. Hoy es 23 de febrero de 2003 y nuevamente estamos en la entrada del camposanto. Puedo ver a mí alrededor la muchedumbre parlanchina y llorosa, y aunque sé que estoy aquí no logro establecer mi ubicación.
Frente al féretro de quien vamos a enterrar, está un joven blanco, delgado de cabellera negra y abundante. No logro distinguir su rostro, pero si él está en ese lugar, que usualmente ocupo, ¿Dónde estoy yo?...
Recuerdo la primera vez que estuve aquí. Fue en el sepelio de Mercedes Blanco: la mejor cocinera del pueblo, esto sumado a su extraordinaria figura y belleza, su tez negra y su sencillez, despedir el duelo fue un bocadillo aun para mí un principiante en esas lides. Me supo a gloria y logré mi cometido sin mayor dificultad.
A partir de ese día, la mayoría de los dolientes al verme llegar solicitaban mis palabras para despedir a sus muertos, y yo lo hacia mientras me paseaba entre la tristeza y la gloria de saberme necesitado en un momento tan apremiante. Recuerdo que al llegar al sepelio de Jorge Almonte, un extranjero casado con la hija mayor de mi compadre Francisco, todos estaban tan inmersos en su dolor que no podía pronunciar palabra y yo presto a salvar la situación, comencé a despedir el duelo anunciando que el cadáver era el de una mujer abnegada y sacrificada que dividió su vida entre Dios y sus hijos. Mientras hablaba notaba como las caras de los presentes iban cambiando, llantos, risas, hasta que alguien me informó sobre mi equivocación. Error craso, pero pude salvarla diciendo que había llegado al funeral equivocado. Luego de las disculpas, procedí el duelo como siempre, pero al no tener mucha información del difunto, presenté una oración que la multitud siguió y nuevamente salí airoso.
Mis visitas al cementerio se hicieron más seguidas, a veces llegaba a la hora de almorzar y si llegaba algún entierro dejaba de comer y emprendía mi labor entusiasta y orgulloso. Con el pasar de los años me hicieron encargado del cementerio, que mejor oportunidad estando allí presente. Así logre estar presente en todos los entierros, de pobres, ricos muertes naturales o accidentes, siempre estaba presente.
Para no caer en la repetición fui aprendiendo de los más estudiados, aprendiendo nuevas palabras y su correcta pronunciación, aunque no supiera leer ni escribir. No recuerdo cuantas veces he estado parado en esta entrada del camposanto para despedir un duelo. Solo sé que las veces que lo he hecho he logrado transmitir el sentir de los familiares a los amigos presentes. Lo único que sé es que ha sido muchas veces y esas tantas veces he sabido también compartir el dolor más allá de la palabra.
El sepelio de Emilio, el hijo mayor de Josefa y Antonio, trajo lágrimas a mis ojos, y como no, solo tenia dos añitos cuando murió de pulmonía. El solo pensar que enterraban un niño me sumió en una tristeza de la que logre salir con el pasar de los días. A esa tumba iba todos los días y le dejaba una flor, comprada o de las tumbas repletas de flores.
Ya recuerdo el rostro frente al féretro, es Enrique, el americano. Siendo así escuchare para ver como logro incorporar sus ideas al próximo duelo que despida.
Buenas tardes compueblanos, como de costumbre estamos reunidos despidiendo a un amigo que por muchos años sirvió a nuestro pueblo y nos consoló en la tristeza y compartió las alegrías. Un trabajador incansable y un amigo sincero. Un hombre de principios de siglo, de cuerpo tosco y mirada fría…
Mientras Enrique hablaba fui encontrando mi lugar. Estaba muerto y me despedían, y aunque me sabía querido, el sentimiento de los presentes lo sobrepaso. Esta vez entrare al camposanto para no salir, para descansar donde siempre viví…
…este es el último adiós del despedidor de duelos
Amaury Enrique González Rolón
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